Stoichkov in love

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Stoichkov quiere celebrar el cumple de Óscar

Hoy, 21 de diciembre es un día especial en esta casa. Uno de nuestros enfermos más queridos cumple años. Para expresarle nuestra estima, lo mejor que podemos hacer es regalarle unas risas. Óscar, esto va por ti

Hristo llegó desde Bulgaria con su flamante Audi A4 rojo (la prima por su fichaje) y un saco de goles marcado en Bulgaria. Tantos, que compartió la bota de oro de la temporada 89-90 con Hugo Sánchez.

Stoichkov cayó bien en el vestuario e hizo muy buenas migas con su compañero de habitación José Mari Bakero que llevaba un poco de paz a ese alma rebelde.

Sin la garra del búlgaro no se entendían las tres ligas consecutivas más la soñada Copa de Europa conquistada en Wembley en el año mágico para la ciudad de Barcelona, pero en el año 91 se abrió la legalidad en España para inscribir a 4 extranjeros (todo aquel que no poseyera nacionalidad española) aunque solo podían jugar tres a la vez.

Hristo fue el tercero del gran trío de foráneos que tenía el Barcelona, ya que el verano anterior habían aterrizado en el Camp Nou el holandés Ronald Koeman y el danés Michael Laudrup.

En 1991 Cruyff sorprendió a propios y extraños al recomendar, según él “ al mejor 10 de Europa”. Lo cierto es que años después se supo que el Barça acabó pagando de más por Richard Witschge para ayudar al Ajax que pasaba por una grave situación financiera y eso sin que el presidente Nuñez lo supiera.

La llegada de Witschge no inquietó en absoluto a los tres extranjeros ya presentes en el anterior campeonato y sabían que su titularidad estaba asegurada.

Richard era un buen centrocampista, con buena conducción, calidad y conocimiento del juego, pero no podía hacer nada ante los tres transantlánticos que tenía delante.

Por si fuera poco su nulo conocimiento del castellano (ya ni hablamos del catalán) y su imagen de sílfide a la que se podía llevar el viento, coronada por un peinado a lo Nick Carter dinamitaron lo que Johan presuponía, que los extranjeros compitieran muy duramente por un puesto en el 11.

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Richard Witschge

La imagen que dieron de Witschge el programa Força Barça, que se encuadraba dentro de Al Ataque en Antena 3 no ayudó.

El gran momento de gloria para el holandés delgado (para diferenciarlo de Koeman) podría haber sido Wembley, ya que en esa temporada la UEFA permitía que los cuatro extranjeros pudiesen jugar a la vez, pero un detalle que no habíamos dicho de Witschge era que se lesionaba con frecuencia y no pudo estar en esa cita tan señalada cogiendo Julio Salinas la camiseta con el 7.

Witschge se fue tras la temporada 92/93 con dos ligas en su haber, dos goles en Liga (ante Celta y Español, ambos en el Camp Nou) y nadie se inmutó por su marcha.

Pero eso significaba que quedaba libre una plaza de extranjero en la plantilla y Cruyff , que en las derrotas de la temporada anterior había cargado con dureza contra Stoichkov y Laudrup por no marcar la diferencia, estaba a punto de provocar un terremoto en la Ciudad Condal.

El escogido era Romario, delantero brasileño del PSV que deslumbró a propios y extraños en los Juegos de Seúl y que había marcado 128 goles en 146 partidos con el PSV Eindhoven.

500 millones (la misma cifra que el Real Madrid pagó ese verano por Dubovsky) y 5 partidos amistosos es lo que pagó el Barça por el bajito delantero.

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Romario en el PSV Eindhoven

Llegó como una estrella, esperado en el pequeño Aeroport del Prat por decenas de periodistas que querían recoger las primeras impresiones del fichaje estrella de esa temporada.

Romario, agobiado por los focos, los micros y las cámaras dijo lo típico de que estaba muy feliz de llegar al Barça, que era un sueño hecho realidad y que marcaría 30 goles en Liga.

La llegada de Romario significaba que siempre había una estrella en el banquillo. En el primer partido fue Koeman el sacrificado, poco después fue Stoichkov el que viese los partidos desde fuera del campo y finalmente ese lugar recayó en el danés Laudrup.

Stoichkov, que en el Stage de Holanda que hacían todos los veranos los jugadores del Barça, compartió la habitación con Romario, se quedó prendado de su aura mágica, de un tío que parecía estar en el mundo para que los demás le admiraran y su sola presencia ya destilaba algo especial.

Algo así debió sentir el búlgaro, pues dejó un poco de lado a su gran amigo Bakero y empezó a salir por la noche con Romario, a acudir a su casa, a salir para cenar y esa química también se trasladó al campo, donde ambos contribuyeron en gran medida con sus 46 goles a que el Barça pudiera ( Hitchcock style) alzar su cuarta liga de manera consecutiva y llegar a la final de Copa de Europa disputada en Atenas.

Romario y Stoichkov
Romario y Stoichkov

El drama griego lo dejaremos para otra ocasión, pues todos recordamos lo sucedido, pero Romario y Stoichkov se habían citado en el Mundial que daría inicio a mediados de junio en Estados Unidos.

La selección brasileña iba avanzando rondas de manera efectiva aunque sin magia y los búlgaros constituyeron la gran sorpresa de ese Campeonato,ya que tras entrar de manera dramática en el último minuto de la fase de clasificación con aquel gol de Kostadinov en Paris, los búlgaros que jamás habían ganado un partido en una fase final de un Mundial empezaban de muy mala manera tras perder ante otro debutante, Nigeria, por 3 a 0.

La concentración de Bulgaria era un despipote, con los búlgaros fumando, casi todo el día en bañador, metidos en la piscina con un cubata en el bordillo y con dinero para gastar en el Paraíso Capitalista.

Aún así lograron dos victorias ante Grecia y Argentina que les permitieron pasar a octavos de final. Estaban haciendo historia.

Stoichkov cada noche llamaba a su amigo Romario, que estaba en otra ciudad también concentrado, aunque de manera más seria que los europeos del este.

En esas charlas, ambos comentaban lo bonito que sería encontrarse en la final del Mundial para darse un abrazo fuese quien fuese el vencedor.

Romario le comentaba que tras el Campeonato tenía pensado ir a Brasil, donde tenía una casa al lado de la playa y así podían pasar unas vacaciones inolvidables. Mientras Stoichkov escuchaba esas palabras de su amigo y compañero, se le abrían los ojos de la emoción de poder conocer Río de Janeiro junto con su amigo “Romy” y se lo comentó a su esposa, que voló hacía Estados Unidos con las dos hijas del matrimonio para después del Mundial irse todos juntos a la ciudad carioca.

Los días iban pasando y con ellos, las rondas. Bulgaria derrotaba en los penaltis en octavos a México (con desplome de portería incluido), venció sorpresivamente a Alemania en cuartos y ya estaba en semifinales.

Los brasileños, tras ser primeros de grupo eliminaron a los anfitriones en octavos un 4 de julio y derrotaron con más problemas de los previstos a Holanda en cuartos.

La profecía de los dos amigos unidos por Cruyff estaba a punto de cumplirse, pero Roberto Baggio con dos goles privó a Bulgaria de jugar la final en Los Angeles, mientras un solitario gol de Romario ante Suecia daba la posibilidad a Brasil de ganar su cuarto Mundial.

Romario consoló a Stoichkov esa noche y le dijo que después de ganar el Mundial que le llamaría al número que le había dado Hristo en el que su mujer había alquilado una casa para volar juntos a Brasil.

Stoichkov perdió el partido por el tercer y cuarto puesto ante Suecia aunque se llevó el premio de ganar la Bota de Oro del Mundial aunque compartida con Oleg Salenko y animó con todas sus fuerzas a la selección brasileña la noche del 17 de julio.

Tras el penalti fallado por Roberto Baggio, los brasileños ganaron el Mundial y hubo un búlgaro que lloró de alegría como un niño, pues su amigo del alma era Campeón del Mundo.

Intentó llamarle esa noche pero no obtuvo respuesta ya que los brasileños, tras dos meses de concentración, salieron a desbocar la alegría.

Al día siguiente volvió a llamar al hotel, pero le comunicaron que la selección brasileña se había marchado entera hacía el aeropuerto y Hristo, lo comprendió, pues Romario querría regresar con el equipo y hacer la rúa merecida de los campeones y él, evidentemente sobraba.

Durante los siguientes días Hristo a través de los canales de la televisión iba viendo diferentes celebraciones de los brasileños, entre los que estaba siempre en primer plano su amigo.

Su mujer e hijas iban a pasear por Los Angeles para conocer la ciudad, las casas de los famosos, los sitios donde se rodaban las películas, pero siempre sin el cabeza de familia, que se quedaba como un adolescente enamorado ,horas y horas sentado al lado del teléfono esperando la llamada de su amigo, que no llegaba.

Tras 15 días, la mujer de Hristo le convenció de que Romario, su amigo, se había olvidado de él y que era mejor que aprovechasen los últimos días de vacaciones en la playa, a lo que Hristo, que tenía una cara triste, accedió.

Desde su nuevo lugar de vacaciones, el búlgaro veía como Romario, el hombre que no había faltado a su palabra con el gol, no tenía la misma ética en otros temas y que no se presentaría a los entrenos el 1 de agosto (lo hizo el 24)

Stoichkov, que estaba loco de amor por el astro brasileño, lo perdonó todo y recibió a su amigo con un abrazo y una sonrisa, aunque esta había perdido un poco de brillo con el arañazo al corazón que había sufrido ese verano.

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Un amor de verano el de Romario y Stoichkov
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